viernes, 30 de marzo de 2018

El Sábado de Lázaro y el Domingo de Ramos. Una breve explicación


La semana después del Domingo de María de Egipto se llama la Semana de los Ramos, o de las Palmas. En los oficios del día martes de esta semana, la Iglesia recuerda que Lázaro, el amigo de Jesús, ha muerto y que el Señor lo resucitará de entre los muertos. (Juan 11) A medida que los días progresan hasta llegar al sábado, la Iglesia, en sus diversos himnos y oraciones, sigue a Cristo en su camino hacia Betania, al sepulcro de Lázaro. El día viernes en la tarde, en la víspera de la celebración de la resurrección de Lázaro, concluyen los cuarenta días del “Santo Ayuno” de la Gran Cuaresma:

Habiendo logrado los cuarenta días por el beneficio de nuestras almas, Te rogamos, Tú que amas a la Humanidad, que seamos dignos de ver la santa semana de Tu Pasión, glorificando  en ella Tus grandezas y Tu plan inefable de salvación para nosotros, cantando con una sola voz: Señor, gloria a Ti.  (Himno de las Vísperas)

El Sábado de Lázaro es una celebración pascual.  En este día, la Iglesia glorifica a Cristo como “la Resurrección y la Vida” quien, resucitando a Lázaro, ha confirmado la resurrección universal de toda la humanidad aun antes de Su propia Pasión, Muerte y Resurrección.

Oh Cristo Dios, cuando resucitaste a Lázaro de entre los muertos, aseguraste la resurrección universal. Por lo tanto, nosotros, como los niños, llevamos los símbolos de la victoria, y clamamos a Ti, Hosanna en las Alturas, Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. (Tropario de ese día)

Cristo, la alegría, la verdad y la luz de todos, la vida del mundo y su resurrección, ha aparecido en su bondad a los que están en la tierra. El se ha hecho la Imagen de nuestra Resurrección, otorgando el perdón divino a todos. (Kontakion)

Durante la Divina Liturgia en el Sábado de Lázaro, en  lugar del Trisagion (Santo Dios), se canta el versículo bautismal de la carta a los Gálatas : Vosotros que en Cristo os bautizasteis, de Cristo os revestisteis. Aleluya. (Gálatas 3,27) Este himno expresa el carácter de resurrección que tiene esta celebración. Además, recuerda que el Sábado de Lázaro antiguamente era uno de los grandes días del calendario litúrgico en que se administraba el bautismo en la Iglesia.

Después de la resurrección de Lázaro, Cristo fue saludado por las multitudes como el Mesías-Rey de Israel que tanto habían esperado. Entonces, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, Jesús entró a Jerusalén, montado en un pollino de asno. (Zacarías 9,9; Juan 12,12) Las multitudes lo recibieron con ramos en sus manos y exclamaron a Él con gritos de alabanza: ¡Hosanna! ¡Bendito es Él que viene en el Nombre del Señor! ¡El Hijo de David! ¡El Rey de Israel! Debido a esta  glorificación por el pueblo, los sacerdotes y escribas finalmente se decidieron a “destruirle, a condenarlo a la muerte.” (Lucas 19,47; Juan 11,53; 12,10)

La fiesta de la Entrada Triunfal de Jesucristo a Jerusalén, el Domingo de Ramos, es una de las doce fiestas mayores de la Iglesia. Los oficios de este día siguen en el mismo espíritu que los del Sábado de Lázaro. El templo guarda su esplendor de resurrección, y los himnos continuamente repiten el Hosanna ofrecido a Cristo como el Rey-Mesías que viene en el Nombre de Dios Padre para la salvación del mundo.

El tropario principal de esta fiesta es el mismo que se canta para el Sábado de Lázaro. Se canta en todos los oficios de este día, y en la Divina Liturgia se canta también como Tercera Antífona. El segundo tropario de este día, así como el kontakion y los otros himnos, glorifican la manifestación triunfal de Cristo “seis días antes de la Pascua” cuando se entregará en la Cena y en la Cruz por la vida de este mundo.

Hoy la gracia del Espíritu Santo nos ha reunido. Elevando Tu Cruz, digamos: Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. ¡Hosanna en las Alturas! (1° verso de las Vísperas)

Cuando fuimos sepultados contigo en el bautismo, oh Cristo Dios, nos hiciste dignos de la vida eterna por Tu Resurrección. Ahora Te alabamos cantando:  ¡Hosanna en las Alturas! Bendito sea El que viene en el Nombre del Señor. (Segundo Tropario del Domingo de Ramos)

Sentado en Tu trono en los cielos, y llevado en un pollino de asno en la tierra, oh Cristo Dios, aceptando la alabanza de los ángeles y el canto de los niños quienes proclaman: Bendito  eres Tú que vienes a restaurar a Adán nuevamente. (Kontakion del Domingo de Ramos)

En la vigilia de la fiesta de Domingo de Ramos, se leen las profecías del Antiguo Testamento acerca del Mesías-Rey, junto al relato del Evangelio que cuenta acerca de la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén. En el oficio de Matutinos, se bendice ramos que los fieles llevan durante la celebración litúrgica como signo de su propia glorificación a Jesucristo como Salvador y Rey. Estos ramos generalmente son palmas, u otra clase de ramo disponible según la costumbre local.

Los fieles que llevan sus ramos y cantan sus himnos al Señor en el Domingo de Ramos, son juzgados de la misma manera que la multitud de Jerusalén. Fueron las mismas voces que exclamaron ¡Hosanna! a Cristo que, pocos días después, gritaron ¡Crucifícale!  Así, los fieles, mientras glorifican a Cristo con los “ramos de la victoria”, son sometidos a su juicio y entran junto con Él a los días de Su pasión voluntaria.


Fuente: Arquidiócesis de Santiago y Todo Chile (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

Visita pastoral de S.E. Policarpo a Ibiza (Islas Baleares)

sábado, 24 de marzo de 2018

25/03 - La Anunciación de la Santísima Madre de Dios y Siempre Virgen María


La fiesta de la Anunciación es una de las primeras fiestas cristianas, y era celebrada ya en el siglo IV. Hay inclusive una pintura de la Anunciación, en las catacumbas de Priscila en la ciudad de Roma, que data del siglo II. El Concilio de Toledo en el año 656 la menciona, y el Concilio de Trullo en 692 dice que la Anunciación se celebraba durante la Gran Cuaresma.

El nombre griego, eslavo y árabe de la fiesta puede ser traducido como "las buenas noticias". Esto, por supuesto, se refiere a la Encarnación del Hijo de Dios y a la salvación que Él trae.

El relato de la Anunciación se encuentra en el Evangelio de San Lucas (1:26-38) que leemos en la Liturgia de hoy. El tropario describe a la fiesta como el "comienzo de nuestra salvación y la revelación del misterio eterno", porque en este día el Hijo de Dios se hace el Hijo del Hombre.

Hay dos componentes principales en la Anunciación: el mensaje en sí mismo, y la respuesta de la Virgen. El mensaje de la fiesta es el cumplimiento de la promesa de Dios de enviar un Redentor (Gen 3:15): "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te aplastará la cabeza, y tu le morderás el talón". Los Padres de la Iglesia entienden "tu linaje" como refiriéndose a Cristo. Los profetas dan a entender la venida del Redentor, pero el Arcángel Gabriel proclama ahora que la promesa está a punto de cumplirse.

Este texto bíblico, de hecho, se hace eco en la Liturgia de San Basilio: "Pues, al modelar al hombre tomando polvo de la tierra, y al honrarlo con Tu imagen, lo pusiste, oh Dios, en el Paraíso de dicha, prometiéndole una vida inmortal y el gozo de los bienes eternos si observaba Tus mandamientos. Pero cuando, seducido por la serpiente, Te desobedeció a Ti, el Dios verdadero que lo habías creado, y fue sometido a la muerte por sus propias transgresiones, lo expulsaste, oh Dios, en Tu justa sentencia, del Paraíso a este mundo, y lo devolviste a la tierra de la que fue tomado, preparándole ya la salvaciónpor la regeneración en la persona misma de Tu Cristo".

A diferencia de Eva, que fue engañada fácilmente por la serpiente, la Virgen no acepta inmediatamente el mensaje del ángel. En su humildad, no creía ser merecedora de estas palabras. El hecho de que ella le pidiera una explicación pone de manifiesto su sobriedad y prudencia. Ella cree en las palabras del ángel, pero no puede entender la forma en que se puede cumplir esto, porque el Ángel habla de algo que está más allá de la naturaleza.El icono de la fiesta muestra al Arcángel con un bastón en su mano izquierda, lo que indica su papel de mensajero. A veces, sus alas están hacia arriba, como para mostrar su rápido descenso desde el cielo. Su mano derecha se estira haciala Santísima Virgen en señal de entrega del mensaje.

La Virgen se representa de pie o sentada, por lo general con un ovillo de hilo o sosteniendo un pergamino en la mano izquierda. Su mano derecha se levanta para indicar su sorpresa ante el mensaje que está escuchando. Su cabeza está inclinada, mostrando su consentimiento y obediencia. El descenso del Espíritu Santo en ella es representado por un rayo de luz que sale de una pequeña esfera en la parte superior del icono, que simboliza el cielo. En un famoso icono del Sinaí, una paloma blanca se muestra en el rayo de luz.

La Anunciación cae siempre durante la Cuaresma, pero siempre se celebra con gran alegría. La Liturgia de San Juan Crisóstomo se celebra en este día, incluso si cae en los días de semana de la Cuaresma. Este es uno de los dos días de la Gran Cuaresma en el que se relaja el ayuno y el pescado está permitido (el Domingo de Ramos es el otro).


Fuente: Arquidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

Domingo de Santa María Egipcíaca. Lecturas de la Divina Liturgia


Heb 9,11-14: Cristo, en cambio, ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes futuros. El, a través de una Morada más excelente y perfecta que la antigua –no construida por manos humanas, es decir, no de este mundo creado– entró de una vez por todas en el Santuario, no por la sangre de chivos y terneros, sino por su propia sangre, obteniéndonos así una redención eterna. Porque si la sangre de chivos y toros y la ceniza de ternera, con que se rocía a los que están contaminados por el pecado, los santifica, obteniéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por otra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para permitirnos tributar culto al Dios viviente!

Mc 10,32-45: Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: ellos se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará». Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». El les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?». «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados». Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

viernes, 23 de marzo de 2018

A antropologia ortodoxa segundo Paul Eudokimov


A hora das testemunhas

Deus é soberanamente livre, o que significa mysterium fascinosum (absolutamente fascinante e misterioso para sempre). “O que se pode conhecer de Deus é manifesto”, mas “os homens mantêm a verdade prisioneira da injustiça” (Rm 1,18-19). Ora, “o Espírito Santo não teme nem despreza ninguém”: estas palavras de são Simeão querem dizer que Deus não é um senhor, e o homem, um escravo. Deus é a liberdade e o homem é filho desta liberdade divina; ele é, segundo os Padres, “as pedras do jogo de Deus”.

Quanto mais o santuário parece abandonado e profanado, mais o sim humano ao sagrado da vida ganha força e consistência, purificado no fogo de uma fé realmente livre. Os ateus militantes concorrem, a seu modo, para depurar a imagem de Deus. Sua crítica asfixiada por si mesma deixa espaços abertos às idéias criadoras dos pensadores cristãos, estimula a saltar, por explosões interiores, rumo a libertações definitivas. Se nos séculos passados o homem procurava evadir-se das formas adulteradas da religião estabelecida, hoje, quando o mundo moderno pesa sobre o homem com toda a sua força técnica e política, é no único refúgio da minoria crente que o homem pressente a dignidade humana e sua liberdade, porque “onde está o Espírito, ali está a liberdade”.

Não se trata de reformas na Igreja; tal como a vemos, ela é milagre e santuário. Trata-se da metanóia, da transformação do ser de todo crente. Por ser receptáculo do Pentecostes, não se instala em lugar algum. Homo viator, sente sob seus pés “três mil braças d’água”, mas conhece lugares neste mundo onde os pesos são ainda maiores, porque “em Deus só existe sim”. O fim da época constantina significa o fim dos grandes corpos históricos e a era feliz da fé apostólica das testemunhas. O monaquismo e o sacerdócio régio dos fiéis prenunciam a síntese cristã dos últimos tempos. 

A filantropia de Deus

Ao pedido de um pagão que lhe mostrasse seu Deus, são Teófilo de Antioquia responde: “Mostra-me teu homem e eu te mostrarei meu Deus”.[l] Queria dizer que o homem, “criado à imagem de Deus”, reflete o mistério divino e que ambos são indizíveis. Quando Deus moldou o homem Adão, “ele olhava o Cristo homem, o Cristo que deveria ser um dia o que eram agora este barro e esta carne”. [2] A profunda razão da encarnação não vem do homem, porém de Deus, de seu desejo de se tornar homem e de fazer da humanidade uma teofania, local amado de sua presença. A sensibilidade litúrgica capta-o admiravelmente e chama Deus de Filantropo, isto é, Amante dos homens. Seu amor inclina-se para o máximo grau de comunhão; com ou sem a queda, Deus criou o mundo para nele tornar-se homem e para que o homem se tornasse “Deus pela graça”, participando das condições da existência divina: a imortalidade e a integridade casta de seu ser. 

A constituição do ser humano

O ESPÍRITO E A CARNE

A Bíblia desconhece o dualismo grego de duas substâncias em luta: o corpo, prisão da alma. Conhece apenas o conflito moral entre o desejo do Criador e os desejos da criatura, entre a santidade-norma e o pecado-perversão. A oposição entre o homo animalis e o homo spiritualis opera-­se na totalidade de seu ser. Conjunto indivisível, espírito encarnado, o homem é essencialmente um “ser participante”, a ponto de são Pedro assim definir a meta de sua vida: “Que vos torneis participantes da natureza de Deus” (2Pd 1,4). Homo viator, na “situação de passagem”, ele realiza, por suas participações, sua semelhança, seu parentesco com o celestial ou então com o demoníaco; inflecte, num ou noutro sentido, todo o plano material.

A alma vivifica o corpo, dele faz carne viva, e o espírito pneumatiza, espiritualiza o todo do ser humano, tornando-o homem espiritual. O espírito não é uma terceira parte (corpo, alma, espírito), mas princípio de qualificação. Exprime e se manifesta através do psíquico e do corporal, qualificando-os, na medida de seu domínio efetivo. O ascetismo é justamente uma imensa cultura, verdadeira ciência que tem como fito tornar o corpo e a alma transparentes e sujeitos ao espiritual. Em contrapartida, o homem pode “extinguir o espírito” (1Ts 5,19), impor silêncio à fonte de sua vida, ter pensamentos carnais e reduzir-se a simples carne animada, carne do dilúvio, presa dos infernos. 

A NOÇÃO BÍBLICA DO CORAÇÃO

O coração ao qual a Bíblia se refere não coincide com o centro emocional dos psicólogos. Os judeus pensavam com o coração. Centro metafísico, integra ele todas as faculdades do ser humano; a razão, a intuição e a vontade nunca são estranhas às opções e simpatias do coração (a lógica e as razões do coração às quais se refere Pascal). Irradiante e tudo penetrando, esconde-se em sua própria e misteriosa profundeza. O “conhece-te a ti mesmo” refere-se, antes de tudo, a esta profundeza: “entra em ti, e aí encontras Deus, os anjos e o reino”, dizem os espirituais.

“Quem pode conhecer o coração?”, pergunta Jeremias e o Senhor responde: “Eu, Deus, perscruto o coração e sondo os rins” Jr 17,9-10), o que significa: só ele penetra nesta esfera obscura para a consciência do subconsciente ou do inconsciente. São Pedro fala do homo cordis abscondi­tus, “o homem oculto no íntimo de seu coração”. E é neste nível insondável que se encontra o eu humano. Seu mistério, à imagem de Deus, acha-se muito bem designado pela palavra de são Gregório de Nissa: “Na ‘incognoscibilidade’ de si próprio, o homem manifesta a, marca do indizível”. [3] Ao Deus absconditus (oculto, misterioso em sua essência) corresponde sua imagem, o homo absconditus.

“Onde está o teu tesouro, aí também estará teu coração” (Mt 6,21): o homem vale pelo que vale o objeto de seu amor e os desejos de seu coração. A “oração de Jesus”, chamada “oração do coração”, faz do coração o local da presença perpétua do Cristo. O evangelho e a ascese conferem ao coração a primazia hierárquica na estrutura do ser humano; tinge-a de sua saúde ou de suas enfermidades. Contrapondo Leonardo da Vinci, todo conhecimento é filho do grande amor. Amo ergo sum (amo, portanto sou) designa uma intencionalidade original, inata e como que iman­tada: “Tu nos fizeste para ti e nosso coração estará inquieto até que repouse em ti”, confessa santo Agostinho. [4] “E por ti somente que vivo, falo e canto”. [5] “Deus colocou no coração humano o desejo dele”, [6] inspirando são Gregório a dizer: “Tu, a quem o meu coração ama”. 

A pessoa humana

O FUNDAMENTO TRINITÁRIO

A revelação da pessoa é obra do cristianismo. Vem do alto, do dogma trinitário. Cada pessoa divina é uma doação recíproca subsistente no face a face e na circumincessão[8] das três. Neste co-esse (ser com), a Pessoa existe para a comunhão, existe por ela essencialmente. Em sentido estrito, a Pessoa só existe em Deus. O homem carrega a nostalgia inata de tornar-se “pessoa” e não a realiza senão na comunhão, participação ao personalismo trinitário de Deus.

“Fazer e, fazendo, fazer-se”, [9] forma filosófica que a teologia transforma nesta outra fórmula: “fazer-se, superando-se”; não mais sum, porém sursum [10]. E a transcendência incessante do eu em direção do Tu divino, “cada começo gerando novo começo”. [11] Neste plano, nossa pessoa, nosso eu, não nos pertence como propriedade própria, recebemo-la na ordem da graça que a perfaz. São Máximo explica: “Identidade (a si mesmo, a sua verdade icônica) pela graça”. O eu mais profundo, o elemento mais pessoal e exclusivo é dom. 

O FUNDAMENTO CRISTOLÓGICO

No século vindouro, segundo são João (l Jo 3,2), “seremos semelhantes a ele”. Sim, porque o homem é modelado segundo seu arquétipo divino, o Cristo. A vida em Cristo desde já opera a passagem do ser natural ao ser crístico.

Em Cristo, o divino une-se ao humano, e o ponto de sua comunhão é a pessoa divina do Verbo. Nesta comunhão, a consciência humana de Jesus coloca-se no interior da consciência divina.

No homem, é sua pessoa humana o ponto da comunhão com o divino e é no interior de sua consciência humana que se coloca a consciência divina: “Nós viremos e nele estabeleceremos nossa morada” Jo 14,23). Tal realidade permite a são Paulo dizer: “Não sou mais eu que vivo, mas é o Cristo que vive em mim” (GI 2,20), e aspirar para sua missão pastoral: “Que o Cristo seja formado em vós” (Gl 4,19). O homem “cristóforo”, portador de Cristo, revela-se “cristofania”, manifestação do Cristo nele. 

REALIZAÇÃO DA PESSOA

No plano natural, a consciência de si mesmo só é descoberta e conhecida pela mediação da esfera social. Aí todo ser humano é indivíduo: categoria biológica e social. E dotado de centro psicológico de integração que faz gravitar o todo em torno de si. Centro egocêntrico, é tentado a se confinar no individualismo. Trata-se de rudimento da pessoa que ainda não supera o indivíduo: uma potencialidade de pessoa.

Pessoa é categoria espiritual. Se o indivíduo é uma parte individualizada do todo na natureza, em compensação, o todo da natureza está incluído na pessoa. O indivíduo é um dado natural, cidadão do Estado e da sociedade; a pessoa é membro do reino de Deus, pressupõe a transcendência do natural em direção de resposta criadora ao apelo divino. “O homem, dizia são Basílio, é criatura que recebeu ordem de se tornar deus”, [12] o que significa, segundo são Máximo: “reunir pelo amor a natureza criada (humana) à natureza incriada” [13] (a graça divina). É o modo pessoal e sempre único de existência, atingindo o estado da “nova criatura” em Cristo: a santidade. O indivíduo e a pessoa opõem-se no mesmo ser como duas qualificações. Charles Péguy dizia que o indivíduo é o burguês que todo homem carrega em si, a fim de vencê-lo. O indivíduo, do qual se diz ter uma “forte personalidade”, não passa muitas vezes de “típica” impressão do já visto, que se pode classificar em tipos psicológicos ou em exemplares caracterológicos. Um santo impressiona por seu rosto pessoal, único no mundo. Nunca visto anteriormente. 

A LIBERDADE

Vontade é função da natureza e carrega seus desejos; por este motivo, o ascetismo cultiva, antes de tudo, a renúncia da vontade, a alforria de toda necessidade vinda da natureza. Em contrapartida, a liberdade decorre da pessoa e dela faz o senhor de toda escravidão e de toda necessidade natural. “Deus honrou o homem, conferindo-lhe a liberdade, a fim de que o homem pertença propriamente àquele que o escolheu”, [14] diz são Gregório de Nissa. São Máximo vai ainda mais longe; [15] para ele, a própria necessidade de escolher é indigência, o perfeito está acima da opção, ele gera o bem. Produz suas próprias razões em vez de suportá-las. Assim, os atos mais livres e os mais perfeitos são aqueles nos quais já não existe opção. [16]

Esta liberdade é salvaguardada integralmente pela graça que se aproxima da alma em segredo, sem jamais obrigá-la. “O Espírito Santo não gera nenhuma vontade que lhe resista. Só transfigura pela divinização aquela que o deseja”. [17] Projeto vivo de Deus, o homem é chamado a decifrar-se e, neste sentido, a criar livremente seu destino. “O homem foi gerado segundo a liberdade pelo Espírito, a fim de poder mover-se em si mesmo”. [18]

Santo Antão [19]distingue as três energias que se confrontam no homem: divina, humana e demoníaca. A autonomia humana “encapsula” o homem fechado em si mesmo, instável e problemático. A heteronomia é a vontade demoníaca, estranha ao homem. A teonomia não é simples dependência ou submissão, mas sinergismo, comunhão, amizade: “Não mais vos chamo de servos, mas vos chamo de amigos” Jo 15,15). Acima da ética dos escravos e dos mercenários, o evangelho coloca a ética dos amigos de Deus. E justamente quando nossa liberdade e nossa atuação instalam-se dentro do agir divino, que encontram a única condição na qual podem expandir-se em plenitude. A fé nunca é simples adesão intelectual, nem submissão cega, mas fidelidade da pessoa à Pessoa. Cada vez que se trata das relações entre Deus e o homem, a Bíblia recorre às relações do matrimônio e seu epitalâmio.

Ao dizer fiat à vontade de Deus, identifico-me com os desejos do Ser amado, a vontade divina torna-se a minha: “Não sou mais eu que vivo, é o Cristo que vive em mim”. Deus nos pede a realização da vontade do Pai, como se fosse nossa própria vontade. E este o sentido das palavras: “Sede perfeitos como vosso Pai celeste é perfeito”. “Deus nos amou primeiro”, sem motivo, e já neste amor fez-nos pressentir algo de sua liberdade divina. Ama-nos gratuitamente, sem nenhum mérito nosso e, assim, seu amor já é dom que inspira e suscita a liberdade de nossa própria resposta.

A sabedoria de Deus, em suas vertiginosas fantasias, no deleite do “jogo divino” (Pr 8,31) com os filhos do homem, só pode “imaginar seres e sua raça, deuses: “Vós todos sois deuses, filhos do Altíssimo”, diz o Senhor e, neste caso, segundo são Simeão, o Novo Teólogo, “Deus só se une a deuses”. Eles receberam como dom algo que lhes é próprio, algo que só vem do livre movimento de seus corações. Somente esta liberdade, somente o livre amor reveste o homem da “veste nupcial” dos esponsais divinos. São Gregório de Nazianzo exclama no auge da admiração: “Realmente, o homem é um jogo de Deus”. [20] Porque podemos dizer “não seja feita a tua vontade” é que podemos dizer sim. Mas é preciso que este sim se gere em segredo e na fonte de nosso ser. Aquela que o pronunciou em nome de todos é uma Virgem, Mãe dos viventes, Fonte vivificante. Seu fiat não procede unicamente de submissão pura e simples de sua vontade, mas é pronunciado por todo o seu ser, como expressão de sua sede e fruto de sua oração.

Deus não dá ordens. Dirige convites, lança apelos: “Ouve, Israel”. Aos decretos dos tiranos corresponde uma surda resistência; ao convite do Senhor do banquete, a alegre aceitação “dos que têm ouvidos”. O eleito é aquele que abre livremente a mão e recebe o dom. “Eles virão gritando de alegria sobre os altos de Sião, afluirão para o trigo, para o vinho novo, sua alma será como um jardim bem regado” (Jr 31, 12).

Nestes “vasos de barro” Deus insuflou a liberdade e colocou-os no tempo. O ser criado, inacabado, pressupõe margem temporal onde pode perfazer-se, inventar-se, à imagem do Existente livre. E se o malogro é possível, se a hipótese da recusa está implicada no ato criador de Deus, é porque a liberdade dos “deuses”, seu livre amor, constitui a essência da pessoa humana: “Eu te desposarei para sempre... e conhecerás Javé. Eu te amei com amor eterno, virgem de Israel” (Jr 31,1); e até nesta palavra: “Sede fecundos, frutificai”, ouvimos o apelo à manifestação da nova criatura.

A palavra latina persona, assim como a palavra grega prósopon, significa, inicialmente, “máscara”. Por conseguinte, este termo contém em si toda uma filosofia da pessoa humana. Demonstra claramente a inexistência de ordem humana autônoma, porque existir é participar do ser ou do nada. Nesta participação, o homem realiza o ícone de Deus, ou a careta demoníaca de um símio de Deus. O homem não tem fisionomia estática. Na encarnação, Deus não é mais somente Deus. Ele é Deus-homem. O homem também não é mais somente homem, mas homem-deus, ser deificado. São Gregório de Nissa exprime-se claramente: “A humanidade compõe-se de homens. Com rosto de anjo e homens que trazem a máscara do animal” [21]. Todo espiritual “não cessa de acrescentar, até o fim de sua vida, um fogo ao fogo” [22]. Conseqüentemente, o homem pode reativar a chama do amor e mostrar a semelhança; pode também acender o fogo da geena, construir o ponto da dessemelhança, o inferno. Pode, através de um “não”, romper seu ser em infernais separações como pode converter seu “sim” no infinito das uniões. 

IMAGEM E SEMELHANÇA DE DEUS

Resumindo o pensamento dos Padres da Igreja, infinitamente rico e matizado, podemos dizer que cada faculdade do espírito humano (inteligência, liberdade, amor, criação) reflete a imagem, mas esta é essencialmente o todo humano centrado no espiritual, e cuja peculiaridade é a de se superar para lançar-se no infinito de Deus e nele aquietar sua nostalgia. A santidade nada mais é do que a sede inextinguível, a densidade do desejo de Deus. Todo limite, ensina são Gregório de Nissa, contém em sua essência um “além”, sua própria transcendência, e, por este motivo, a alma só encontra repouso no infinito atual de Deus [23]. Os santos são almas de desejo.

Esta nostalgia é inata, acha-se em germe por ocasião da destinação inicial, e os Padres da Igreja reforçam que o Cristo retoma e revivifica o que foi interrompido pela queda. A imagem da cura é uma das mais freqüentes no evangelho; é até normativa: a ressurreição é a cura da morte. Por este motivo, a criação postula a encarnação a fim de fazer progredir e conduzir o sinergismo do agir divino e do agir humano, rumo ao dia da parusia, quando o germe chega à maturação final. O projeto inicial, en arche (no princípio) coincide com seu telos (realização), a arqueologia com a escatologia. Da “árvore à vida” edêmica, pela eucaristia onde o fruto é novamente dado, dirigimo-nos “para a mesa sem véu”, o festim do reino [24]. Da perfeição inicial, frágil, porque inconsciente, caminhamos para a perfeição consciente, à imagem da perfeição do Pai celeste. A imagem, fundamento objetivo, atrai a semelhança subjetiva, pessoal. O germe - “ter sido criado à imagem” - conduz à eclosão: “existir à imagem” do Existente. A “Deus é amor” corresponde amo, ergo sum do homem. “O que de maior acontece entre Deus e a alma humana é o amar e ser amado” [25]. 

A ENFERMIDADE E A CURA

Antes da queda, a vida animal era exterior ao ser espiritual do homem; aberta e voltada para ele, mantinha-se na expectativa de sua própria espiritualização-humanização (Adão “dando nome” aos seres e às coisas) A queda nos sentidos precipita os acontecimentos e acrescenta ao ser humano a vida animal [26]. Os Padres orientais explicam que é o homem espiritual à imagem de Deus, o ser sobrenaturalmente natural que é primordial e normativo, e que o “homem simplesmente natural” é acrescentado por acidente. O biológico-animal aparece como estranho à verdadeira natureza do homem, porque ele se encontra assumido antes de sua espiritualização, antes que o homem tivesse chegado ao poder e ao domínio do espiritual sobre o material. O erro vem de identificação prematura, precoce. Clemente de Alexandria, por exemplo, vê o pecado original no fato de “nossos antepassados terem-se dado à procriação antes do termo” [27]. Boa em si, a natureza animal, devido à perversão da hierarquia dos valores, constitui então decadência para o homem. “Nada há de mal nas coisas, não fosse o seu mau uso que provém da desordem do espírito” [28]. “Não é o desejo, mas determinado desejo (concupiscência) que é mau” [29]. É a faculdade axiológica de apreciação, o espírito de discernimento que é atingido: [30] “Fora de Deus, a razão torna-se semelhante ao animal e aos demônios e, afastada de sua natureza, deseja o que lhe é estranho” [31].

A ascese aspira à verdadeira natureza, à “paixão impassível” Sua luta nunca é contra a carne, mas contra as perversões dela, contra a concupiscência ilegítima que é contra a natureza. A fonte, o espiritual, está envenenada, visto a norma ontológica ser transgredida pelo espírito. Para são Gregório Palamas, as paixões que vêm da natureza são as menos graves, exprimem apenas o peso da matéria devido ao malogro de sua espiritualização. A fonte do mal situa-se na duplicidade do coração onde o mal e o bem encontram-se, singularmente, lado a lado “fábrica da justiça e da iniqüidade” [32]. Em função da “Imagem”, o homem sempre procura o absoluto, mas a “semelhança”, fora de Cristo, fica inoperante, o pecado perverte a intencionalidade da alma e esta procurará o absoluto nos ídolos, matará sua sede nas miragens, sem poder ascender a Deus. A graça, reduzida ao estado potencial, detida em sua efusão [33], só pode atingir o homem pela via sobrenatural - sobrenatural, não em relação a sua verdadeira natureza, mas em relação a seu estado doentio de pecado. A verdade do homem é anterior a sua duplicidade; volta a ser dominante, desde que o homem seja colocado em Cristo. A visão “de baixo” deve ser completada pela visão “do alto” que mostra ser o pecado secundário, como toda negação. Mal algum poderá jamais apagar o mistério inicial do homem, pois nada existe que possa apagar nele a marca indelével de Deus.

A patrística realça o papel da primeira destinação: “Pelo Cristo, a integridade de nossa natureza é restaurada” porque ele “representa em figura (arquétipo) o que nós somos” [34] e, inversamente, em Cristo, tornamo-nos semelhantes a ele. Os sacramentos refazem a natureza inicial do homem, sua integridade adâmica; o Espírito Santo a nós é restituído na sagração batismal e na unção crismal. A penitência é tratamento terapêutico de purificação e a eucaristia introduz o fermento de imortalidade e de incorruptibilidade. O próprio poder da ressurreição une-se à natureza humana. Podemos dizer que a vida ascética e mística é a tomada de consciência cada vez mais plenificada da vida sacramental. Sua descrição clássica sob a mesma imagem, das núpcias místicas, mostra a idêntica natureza de ambas. 

A VOCAÇÃO LITÚRGICA DO HOMEM

Na liturgia de são João Crisóstomo, o canto dos Querubins (Χερουβικός Ύμνος), “nós que misticamente representamos os querubins”, mostra no homem o ícone do ministério angélico de adoração e oração. É o momento também do ingresso dos anjos na celebração litúrgica. O homem associa-se a seu canto, primeiramente no Trisagion: “Santo Deus, Santo forte, Santo imortal” e, em seguida, o Sanctus resume o tema da Anáfora, o louvor eucarístico trinitário. Os homens e os anjos unem-se no mesmo movimento de adoração: “Santo; Santo, Santo é o Senhor dos exércitos. O céu e a terra estão cheios de tua glória”. O conteúdo do século futuro “cheio de glória” começa desde agora, aqui na terra.

O santo não é um super-homem, mas aquele que encontra e vive sua verdade, enquanto ser litúrgico. A melhor definição do homem nos vem do culto litúrgico: o ser humano é o homem do Trisagion e do Sanctus: “Canto a meu Deus, enquanto eu viver”. Santo Antão fala de um médico que dava seu supérfluo aos pobres e o dia inteiro cantava o Trisagion, unindo-se ao coro dos anjos [35]. É por esta “ação” que o homem é “posto à parte”, tornado santo. Cantar a Deus é sua única preocupação, seu único labor: “e vinha do trono uma voz que dizia: ‘Louvai a Deus vós todos seus servidores” (Ap 7,11). Nas catacumbas, a imagem mais freqüente é a figura da mulher em oração, a “orante”. Representa a única atitude verdadeira da alma humana. Não basta servir-se da oração, é preciso tornar-se, ser oração encarnada. Não basta dispor de alguns momentos de louvor, é preciso que a vida inteira - todo ato, todo gesto, até o sorriso do rosto humano - se torne canto de adoração, oferta, prece. Oferecer não o que se tem, mas o que se é. Assunto de predileção na iconografia, bem traduz a mensagem do evangelho: chaire, “alegrai-vos e adorai”, “que toda criatura que respira dê graças a Deus”. É o maravilhoso alijamento da carga do mundo, quando desaparece o peso do próprio homem. “O Rei dos reis, o Cristo, aproxima-se” e é o “único necessário”. A doxologia da oração dominical: “o reino, o poder e a glória”, torna-se a essência da liturgia. É para corresponder a sua vocação de ser litúrgico que o homem é carismático, aquele que carrega os dons do Espírito, o próprio Espírito Santo: “Fostes selados pelo Espírito Santo... vós que Deus adquiriu para seu louvor e glória” (Ef 1,14). Não seria possível explicar mais exatamente a essência e o destino litúrgicos do homem.

A meditação patrística orienta-se sempre para o opus Dei, a liturgia. “Aproximo-me, cantando-te”, exclama alegremente São João Clímaco; idêntica alegria manifesta-se na palavra alada de São Gregório de Nazianzo: “Tua glória, ó Cristo, é o homem que colocaste, tal um anjo, e cantor de teu brilho... é por ti que vivo, falo e canto... a única oferenda que me resta de todas as minhas posses” [36]. Na mesma linha, ouvimos São Gregório Palamas: “Iluminado, o homem atinge os cumes eternos... e já nesta terra se torna todo milagre. E mesmo sem estar no céu, concorre com as potências celestes, ao canto incessante; mantendo-­se na terra, qual anjo, conduz a Deus todas as criaturas” [37]. A Igreja é mistagógica, ela introduz graciosamente em seu milagre, oferece-o a todos: “Reunidos em teu templo, vemo-nos desde já na luz de tua glória celeste”.

A melhor evangelização do mundo, o mais eficaz testemunho da fé cristã, é este canto litúrgico pleno, a doxologia que sobe das entranhas da terra e por onde passa o sopro poderoso do Paráclito, o único que converte e cura. 

NOTAS:
[1]. A Autólico I, 2.
[2]. Tertuliano, PL 2, 802.
[3]. PG 44, 155.
[4]. Conf I, 1.
[5]. São Gregório de Nazianzo, PG 36, 560 A.
[6]. São Máximo, o Confessor, PG 91, 1312 AB.
[7]. PG 44, 801 A.
[8]. Circumincessão: compenetração mútua das três pessoas divinas na unidade de sua essência e de sua vida.
[9]. Renouvier, Le personnalisme.
[10]. Gabriel Mareei, Homo viator, p. 32; Du refus à l’invocation, p. 190.
[11]. São Gregório de Nissa, PG 46, 57 B.
[12]. São Gregório de Nazianzo, PG 36, 560 A.
[13]. PG 91, 1308 B.
[14]. PG 36, 632.
[15]. PG 91, 16 B.
[16]. Cf. Lavelle, Traités des valeurs, p. 155; Les puissances du moi, p. 325.
[17]. São Máximo, PG 90, 281.
[18]. lbid., 91, 1345 D.
[19]. Filocalia, I
[20]. PG 37, 771.
[21]. PG 44, 192 CD.
[22]. São João Clímaco, PG 88, 664 A.
[23]. PG 44, 401 B.
[24]. Ap 22,1-2.
[25]. Calisto, PG 147, 860 AB.
[26]. Santo Isaac, o Sírio, Hom. 3.
[27]. Strom. III, 18.
[28]. São Máximo, PG 90, 1017 cd
[29]. Dídimo, o Cego, PG 39, 1633 B.
[30]. São Basílio, PG 29, 408 A.
[31]. São Gregório Palamas, Homilia 51.
32. Hom. Spirit. XV, 32.
[33]. Metropolita Filareto de Moscou, Discours et sermons I, 5.
[34]. São Gregório de Nazianzo, PG 37,2.
[35]. PG 65, 84.
[36]. PG 37, 1327.
[37]. PG 150, 1081 AB

Fonte: www.ecclesia.com.br

Capítulo da obra: «O Sacramento do Amor»,  pp. 55-70. Ed. Paulinas. SP, 1989.

jueves, 22 de marzo de 2018

"El esplendor de los iconos". Artículo de Tomáš Špidlík


Entre los cristianos occidentales, la garantía de la presencia de Dios en la Iglesia es el sagrario en el que se guarda el Santísimo Sacramento. Los orientales, aunque conservan los dones eucarísticos, no han desarrollado el aspecto de la Adoración de Dios presente en las especies del pan y del vino. Ocupa un lugar mucho más significativo en su piedad la veneración de los iconos, que representan a Nuestro Señor Jesucristo, a la Madre de Dios, a los ángeles y a los Santos. A ellos se presta la misma veneración que a la Cruz o al Evangelio. Las tablas de madera recubren las paredes de las iglesias; son raras las estatuas, a diferencia de lo que se acostumbra en Occidente.

Los misterios de la vida de Jesús se hallan con mucha frecuencia representados en los muros de las iglesias. Esto obedece, sobre todo, a la finalidad didáctica de enseñar y de recordar a los fieles la historia sagrada. Bajo este punto de vista, la función del iconógrafo se parece a la del sacerdote. De hecho, se ha acudido frecuentemente a esta comparación. Así, por ejemplo, leemos en un Podlinnik (2): "El sagrado misterio de la representación iconográfica tuvo ya sus inicios entre los apóstoles...El sacerdote nos presenta el Cuerpo del Señor en los actos litúrgicos mediante la fuerza de su palabra..El pintor, a través de la imagen...".

Los iconos no se limitan a representar visiblemente una determinada persona o una escena del Evangelio, sino que tratan de expresar también de forma plástica las más difíciles verdades de la fe (cf. la conocidísima expresión de la Santísima Trinidad con la visión de Abraham en el Valle de Mambré). Y en cuanto tal, la tradición iconográfica viene asimismo considerada como fuente de revelación. Realizar un icono es obra religiosa, para la cual debe el pintor prepararse con ayunos y plegarias, poniendo agua bendita y reliquias en los colores, etc. Varios iconógrafos son venerados como santos. Pueden servir como ejemplo los dos clásicos de la pintura rusa, los monjes Andrei Rublev (+ 1430) y Dionisio (+ después de 1502). Esto explica el simbolismo iconográfico, no sólo en el asunto, sino también en los colores y las formas. Se ha formado así un "canon" iconográfico, que, todavía hoy, los viejos creyentes observan celosamente como una norma inseparable.

Pero el icono, en su verdadero sentido, significa para el fiel algo más que la mera pintura. La gracia de Dios se comunica a través de la representación sensible de Cristo y de los santos; es como una especie de aparición y, por ello se ora ante el icono de Cristo como si él mismo estuviera presente. El rito eclesiástico  para bendecir los iconos pone de relieve esta conexión entre la imagen y su prototipo. "En la conciencia de la Iglesia -dice L. Uspenskii (3)- la economía de la salvación se vincula orgánicamente con la imagen. La doctrina... de los iconos proviene de la doctrina de la salvación, con la cual se halla inseparablemente unida".

En este sentido, todo icono posee una virtud sobrenatural; pero sólo se consideran milagrosos aquellos en los que la gracia de Dios se ha hecho patente de manera especial. Existen numerosísimas imágenes de la Madre de Dios, por las que el pueblo siente arraigada devoción. "Me hallaba un día -recuerda I. Kireevskii- en la capilla (se trata aquí de la pequeña iglesia de la Madre de Dios Iverskaya, el más célebre santuario de la antigua Moscú), y miraba la milagrosa imagen de la Madre de Dios, reflexionando sobre la fe de los pequeñuelos, del pueblo que oraba a mi alrededor. Algunas mujeres y ancianos enfermos se arrodillaban, hacían la señal de la cruz y se inclinaban profundamente. También yo contemplaba los santos rasgos de aquel rostro y poco a poco se aclaraba el misterio de su milagrosa virtud. Sí, aquí no había únicamente una tabla de madera pintada...A lo largo de los siglos, el icono se había ido empapando del río apasionado de los movimientos de los corazones, de las plegarias de los desdichados. Sin duda, llenóse también de la fuerza que ahora brotaba de él. Se ha convertido en un órgano vivo, en un lugar de encuentro entre el Creador y los hombres...También yo caí de rodillas y recé devotamente" (4). Con el fin de ejercer un control eclesiástico y para evitar noticias falsas o sensacionalistas, el Santo Sínodo de Moscú ordenó en 1878 que todos los iconos, tanto los de las iglesias como los pertenecientes a personas privadas, fueran recogidos  y trasladados a la sacristía de la catedral siempre que adquirieran fama de milagrosos.

Se profesa también una veneración semejante a las reliquias de los santos. La Iglesia oriental ha reafirmado su posición a propósito de este culto en la "Respuesta de los patriarcas orientales a los luteranos" (5), en la cual se impone el anatema a quienes pretendan dar a las reliquias el culto que sólo se debe a Dios y, también, a quienes se niegan a venerar las reliquias como la Iglesia las venera. El profundo significado que ha tenido en la Iglesia rusa el culto de las reliquias se debe también al hecho de que la canonización oficial exigía la incorruptibilidad del cuerpo. El más famoso monasterio de Kiev, Pecherska Lavra, posee todavía hoy un riquísimo conjunto de reliquias de sus numerosos santos.

Desde el punto de vista dogmático, el culto a los iconos se apoya en las definiciones del séptimo concilio ecuménico (año 787) contra los iconoclastas. En el año 842, la Iglesia Griega celebró por vez primera la "Fiesta de la Ortodoxia", que se ha venido recordando hasta nuestros días en el primer domingo de Cuaresma. Se hace una procesión con los iconos, se leen los anatemas contra sus adversarios y se canta Vechmaia Pamiat (eterno recuerdo) a los defensores de los iconos. El Kondakio de la liturgia de este día dice: "El inefable Verbo del Padre se pintó a sí mismo al hacerse carne en tí, oh Madre de Dios. Restituyó la imagen mancillada (de Dios en el hombre) a su forma primitiva y la adornó con la divina belleza".

La veneración de los iconos ha encontrado también un campo muy fértil entre los eslavos desde un punto de vista psicológico. Los iconos se exponen no sólo en las iglesias, sino también en las casas particulares, en las calles, en las plazas, en los edificios públicos, en todas partes. La casa parecería vacía sin ellos. Cuando viaja, el fiel lleva consigo un icono, ante el cual reza sus oraciones. De su cuello pende la pequeña cruz que recibió en el bautismo. El icono le da el sentido de la presencia de Dios.

Se veneran los iconos encendiendo cirios delante de ellos. Durante las ceremonias de la Divina Liturgia, los fieles puestos de pie uno detrás de los otros, se pasan de mano en mano los cirios que se destinan a una u otra imagen. Las iglesias de la Rusia imperial necesitaban todos los años de tres a cuatro millones de libras de cera: ésta se consideraba tan indispensable para la devoción que, durante la primera guerra mundial, fue necesario pedir ayuda a los aliados ingleses para poder hacer frente a las exigencias del pueblo que oraba (6). Se recomienda que en la iglesia se tenga en la mano una vela encendida, "porque sostener una vela encendida no sólo significa la pureza de vida de aquellos que oran, sino también la luz de la gracia que irradia el misterio que se está realizando" (7).

De modo semejante, la incensación del altar, de las imágenes, de la iglesia y de todos los fieles, se considera de tanta importancia en el ámbito de la devoción que se practica en el interior del templo, que no se permite omitirla ni siquiera en las funciones simples, por ejemplo, durante las vísperas de los días feriales, cuando el sacerdtoe no se halla asistido por el diácono (8). Y así como en el convento existe una iglesia con su iconostasio, así también en cada casa y en cada habitación debe haber un pequeño santuario, llamado el hermoso rincón o rincón bello (Krasnyi ugol).

Las instrucciones del Domostroi (un antiguo manual para la vida familiar) (9) son abundantes:

"Cómo adornar la propia casa con las imágenes y tenerla limpia y ordenada: El cristiano debe poner en todas las habitaciones de su casa, en las paredes, las santas y venerables imágenes pintadas por los iconos, preparando el lugar convenientemente con toda suerte de adornos y con candelabros, en los cuales se encienden las velas siempre que tiene lugar la alabanza divina, y se apagan después del canto. Póngase allí un pequeño baldaquino, no sólo para tener limpio el lugar, sino también como signo de veneración y de estima. Se les quitará el polvo con un paño limpio y se les bruñirá con una esponja suave. ¡Es preciso tener siempre limpia esta capillita y acercarse a las sagradas imágenes dignamente, con la conciencia pura!. Durante la alabanza divina, el canto santo y la oración, hay que encender las velas, incensar con olívano perfumado, alabando a Dios con oración y vigilia y con inclinaciones; es preciso venerar siempre las imágenes con lágrimas y llanto, y confesar los propios pecados con corazón contrito, suplicando el perdón" (Cap.8).

El mismo Domostroi, en el capítulo 35, prescribe que se salude primero a las imágenes cuando se entra en una casa, y sólo después se dirija el visitante a los dueños de la misma. Esta devoción sigue observándose en la vida cotidiana. En este sentido resulta característico, por ejemplo, el pasaje de los Decabristas de L. N. Tolstoi. La anciana Tichonovna, mujer rústica, llega caminando a Moscú con el fin de pedir la gracia para su marido. Entra en los salones deslumbrada por aquel ambiente insólito, pero se rehace pronto y comienza a santiguarse repetidamente y a inclinarse ante el "sagrado rincón", luego ante los presentes.

En ese sagrado rincón se guardan celosamente los iconos familiares que pasan de padres a hijos, casi como signos visibles de la bendición paterna. Constituye un interesante rasgo folklórico el icono llamado "Medida del nacimiento", cuyo uso, muy antiguo se encuentra incluso en la familia imperial (10). Se trata de un icono que se encargó a un pintor en el día del nacimiento de un niño; la tabla de madera en que fue pintado tiene la misma longitud que el recién nacido.

Notas:

(1) Los grandes místicos rusos. Tomás Spídlik. Ed. Ciudad Nueva.
Cf. T. Spidlik. P. Miquel, Icone en Dict. de spiritualité, VII, cols. 1224-1239 (cf. bibliografía).
(2) Manual de la iconografía religiosa, ed. por T. Bolshakov, Moscú, 1903.
(3) L. Uspenskii - V. Losskii, Der Sinn der Iconen, Berna, 1952, p.28
(4) Cf. N. Arseniev, Das heilige Moscú, op. cit., pp. 98 s.
(5) Traducción rusa realizada en Moscú en 1846.
(6) S. Hoare, Das vierte Siegel, Berlín, 1936, p.68.
(7) Manual de la pastoral rusa, Moscú 1899, p. 207.
(8) Ibíd., p. 106.
(9) Cf. cap. siguiente, nota 1, p. 313.
(10) Cf. I. Zabelin, Domashnyi byt russkich carei... (La vida privada de los zares rusos), Moscú, 1913, vol. II, p. 558.

Semana de Pasión y Pascua 2018 en Valladolid (Castilla y León)


Parroquia Ortodoxa de San Joaquín y Santa Ana

1 de abril (Domingo de Ramos)
Entrada de Jesús en Jerusalén (Divina Liturgia): 11:00 h.
Oficio del Divino Esposo: 19:30 h.

4 de abril (Miércoles Santo)
Oficio del Santo Óleo: 19:30 h.

5 de abril (Jueves Santo)
Liturgia de San Basilio el Grande (Santa Cena): 11:00 h.

6 de abril (Viernes Santo)
Vísperas y Descendimiento de la Cruz: 11:00 h.
Maitines del Sábado Santo y Santo Entierro: 19:30 h.

7 de abril (Sábado Santo)
Divina Liturgia de San Basilio el Grande: 11:00 h.
Oficio de la Resurrección y Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo: 23:00 h.

Los Oficios tendrán lugar en la Cripta de la Divina Pastora (Iglesia de Nuestra Señora de la Paz - Plaza de España), sita en la Calle Divina Pastora, 3.


Nota: Para comodidad de los fieles, se recomienda que traigan los alimentos para bendecir el Sábado Santo por la mañana.

martes, 20 de marzo de 2018

20/03 - San Martín de Dumio (de Braga)


Dumio, situado geográficamente cerca de Braga –la capital del reino de los suevos–, distingue del otro Martín de Francia a nuestro Martín. Fue el apóstol de los suevos, a los que convirtió al catolicismo. El testimonio de san Isidoro de Sevilla señala el 560 como fecha de la conversión. Eran los suevos un pueblo indomable y el terror de Roma; atravesaron las Provincias y pasaron sus fronteras; se trasladaron de las riberas del Rin a las del Miño; arrasaron a los francos y pasaron el Pirineo; luego se reparten las tierras de Galecia y ponen su capital en Braga; llegaron a bajar hasta la Bética y conquistaron Sevilla en las tierras llanas. Transcurre la vida del santo en el siglo VI.

San Martín Dumiense, según conocemos por el epitafio de su tumba que escribió él mismo, era oriundo de Panonia, en la actual Hungría. Debió de nacer entre el 510 y el 520. Quiso vivir el don de la fe en las mismas fuentes. Peregrina a Palestina con la avidez de conocer, pisar, besar y tocar la tierra de Cristo; allí aprovecha su tiempo entre oración, mortificación, y el estudio del griego, que le contacta con los santos Padres primeros. Luego pasa por Roma, donde murió y vive Pedro. Atraviesa el reino de los francos donde se encuentra con los suevos y aprovecha la oportunidad de hacer apostolado con este pueblo.

Karriarico, rey suevo arriano –habían caído los suevos en el arrianismo por la actividad del gálata Ayax, enviado por Teodorico–, mandó embajada noble para pedir en la afamada y milagrosa tumba de san Martín de Tours el portento de la curación de su hijo. Era ya la segunda vez que lo hacía, la primera misión no dio el resultado apetecido; ahora manda la ofrenda del peso de su hijo en oro y plata, y presenta la promesa de conversión si obtiene del santo de Tours lo que humildemente pide. Y se cura el vástago del rey suevo. Es la ocasión para dejar el arrianismo. San Gregorio de Tours narrará, como testigo presencial –dejando en el relato el polvo de la leyenda–, el ruego de la doble embajada y la posterior conversión del bravo pueblo suevo.

Así fue como pasó el presbítero húngaro Martín a Galecia, de mano de sus cuasi-paisanos, los belicosos emigrantes centroeuropeos. En Dumio funda un monasterio para la alabanza divina, la oración, el recogimiento, la difusión de la fe y la atención del pueblo. ¡Bien conocida tiene la necesidad de la oración para extender el Evangelio! Quizá conoció el estilo de Arlés y, posiblemente, tuvo referencias de la regla de san Benito, pero aquí los monjes se gobiernan al ritmo que marca el abad –y ya obispo- Martín de Dumio.

Regula la vida del clero formándoles según los cánones y los acuerdos de los concilios hispanos y africanos; atiende celoso al campesinado donde abundan las supersticiones paganas, célticas y germánicas. Encarga a su monje Pascasio la traducción de Las palabras de los ancianos y él mismo traduce Las sentencias de los Padres egipcios; escribe para los suyos otras sabrosas obras de piedad, ascéticas y doctrinales, –Formula vitae honestae y De correctione rusticorum– como tratados cortos y monográficos que rezuman sabiduría humana al estilo de Séneca y espíritu cristiano.

Contribuyó a la conversión de los suevos al catolicismo. En el concilio de Braga del 561 –como un precursor de san Ildefonso en el III de Toledo– se ha logrado la conversión del rey y del pueblo, se establece la unidad y se tiene el gozo de escuchar la fórmula del bautismo «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

Murió en el año 580.


Fuente: Archimadrid.org