lunes, 13 de marzo de 2017

"Recibir a Dios por la oración. En honor de San Gregorio Palamás"



… y nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza (2 Pedro1,4a)

El eminente obispo de Tesalónica, renovador de la mística y el monaquismo ortodoxo habrá de volverse no sólo una fuente, sino un océano en la renovación espiritual cristiana de nuestro tiempo también. El “Heraldo de la Gracia” nos invita a los cristianos del siglo XXI a volver nuestra mirada hacia lo esencial de nuestra fe: el deseo de Cristo que cada uno de sus discípulos, miembros de su Santa Iglesia, lleguen a ser habitación y unidad con la Santísima Trinidad por la gracia (cf. Jn caps. 14-17; 17,21).

San Gregorio Palamás la define así: “La gracia divina es aquella energía de Dios por medio de la cual Él desciende benévolamente para salvar a todos aquellos que son encontrados dignos de ser transfigurados en Cristo en el Espíritu” (Sygrámmata II, 402).
Por lo cual la recepción de la gracia divina equivale a recibir a Dios mismo, ¿mediante qué camino o forma? El mismo Santo dice lo siguiente: “No hay otro medio para obtener su misericordia que la unión. Uno se une a Dios compartiendo, en la medida de lo posible, las mismas virtudes, por ese comercio de súplica y de unión que se establece en la oración.” (Sobre la oración y sobre la pureza del corazón, 1, en la Filocalia)

De la misma forma que la amistad y el amor pueden hacer que dos personas diversas se vuelvan homogéneas en muchas facetas de su vida, San Gregorio Palamás, haciendo eco de las enseñanzas del Evangelio y de los Santos Padres, hace que nuevamente tomemos conciencia de la esencia y vocación del ser humano: la comunión con Dios, la unión con Él. Esta familiaridad con Dios nos hace receptores de su gracia y de sus virtudes, o, como lo dijo San Pedro Apóstol, partícipes de la naturaleza divina (2P 1,4). Y esta unión se cultiva recibiendo a Dios en gracia, no en el pecado, puesto que Él continúa saliendo al encuentro de cada hombre y mujer, como lo hizo al principio de la creación, en el Jardín del Edén, cuando solía hablar al hombre y a su esposa cuando estaban en gracia, pero que, luego de la caída, estos huyeron de su presencia (cf. Gn 3,8-10). A este “diálogo” con Dios los Santos Padres le llaman “oración”, y a ésta apunta como dirección única el camino de la unión con Dios, de acuerdo a San Gregorio Palamás, puesto que ella nos permite compartir las virtudes, la vida y la súplica con Dios, a quien, por reconocerle quien es, hace ganar mucha humildad en quien lo recibe, puesto que, como lo dice nuestro Padre San Juan Crisóstomo “el sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él.” (Homilía 6 sobre la oración) La énosis(unión) con Dios, ya proclamada por el Pseudo-Dionisio Areopagita (cf. Sobre la Jerarquía Eclesiástica I,3), tiene un camino seguro en la oración, puesto que la comunicación y contacto continuo con Dios nos dispone a recibir su gracia, la cual tiene como objetivo “dar fruto” (cf. Jn 15,1 ss) en las buenas obras, la limosna, el amor a los pobres, como lo recomienda nuestro Padre San Basilio, el ayuno y toda clase de virtudes.

Lo anterior conlleva a una renuncia del pecado, puesto que añade San Gregorio Palamás: “Un espíritu ligado a las pasiones no podría pretender la unión divina.” (ibíd.) El tiempo cuaresmal que vivimos debe ser un tiempo de preparación a la Pascua, al paso de la esclavitud a la libertad, en donde nuestro nuevo Moisés, Nuestro Salvador Jesucristo, nos libera de la esclavitud del pecado, y nos hace pasar, por la gracia y el bautismo, hacia la vida nueva de hijos de Dios. Esa vida de libertad es incompatible con el pecado y las pasiones, las cuales, con el auxilio divino, deben ser alejadas de nuestra vida.

Excedería a un breve artículo reflexionar sobre la doctrina mística de San Gregorio Palamás, pero lo importante es guardar en nuestras almas lo esencial: estamos llamados a la unión divina, y la plegaria y la oración se vuelven el camino de esta unión. Ofrezcámonos a Dios como víctimas vivas, agradables a Él, puesto que éste es, como dice San Pablo Apóstol, nuestro culto razonable (cf. Rm 12,1).

Encomendamos a los Santos Apóstoles y Mártires, y a la intercesión de San Gregorio Palamás a nuestro Patriarca Bartolomé y al Arzobispo Policarpo.



Miguel Alberto Solís

San Salvador, 13 de marzo de 2017