domingo, 1 de enero de 2017

San Dúnala, el santo onubense que celebra la Iglesia de Constantinopla


Estos días de Fiestas Navideñas son propicios para repasar el santoral, sobre todo porque seguro que muchos onubenses se sorprenderán cuando les digamos que Huelva tiene su propio santo. Sí, un único santo onubense que, a pesar de ello, es una figura bastante desconocida por la población en general. Por este motivo, hoy queremos repasar su intensa y controvertida historia.

Para comenzar, el nombre de este santo de Huelva puede resultar bastante ajeno a estas tierras. Se llamaba Dúnala, tal y como nos recordaba a Huelva Buenas Noticias el catedrático de Economía Juan José García del Hoyo, que nos animaba a rescatar este importante personaje onubense, al que la historia se había encargado de olvidar, a pesar de que en el santoral viene marcada su festividad cada 17 de diciembre como Esteban, nombre que tomó cuando profesó la fe cristiana.

Pero, ¿quién fue San Dúnala? Fue un santo que nació en el siglo X en la Isla de Saltés, la mítica ciudad islámica situada en el Paraje Natural de Marismas del Odiel. Un enclave que ha sido el escenario de destacadas civilizaciones, puesto que, por ejemplo, se le atribuye ser la capital de Tartessos, fue un lugar de desarrollo de la industria del salazón en la época romana y hoy es un rico yacimiento arqueológico árabe. No en vano, también en ‘Salthish’ nació otra figura onubense muy destacada: el poeta, historiador, botánico y geógrafo Al-Bakri (1014-1094), uno de los personajes más relevantes de la antigua Al-Andalus.

En el caso de Dúnala, nombre que evidencia sus orígenes visigóticos, se trató de un destacado noble mozárabe, es decir, un cristiano que vivía bajo el dominio musulmán. Según se recoge en el artículo ‘Santos y beatos de la provincia de Huelva’, fue un señor y gobernador de la Isla Saltés, cuando ésta era conocida por una floreciente industria del hierro, que fue enviado a Roma y ante el emperador de Constantinopla como embajador para resolver algunos problemas políticos – religiosos que se habían creado entre el califa de Córdoba y el sultán de Egipto. Una prueba de la importancia de esta figura en la Alta Edad Media.

En cualquier caso, su ejemplo es una prueba de lo difícil que fue en muchos casos la vida de los mozárabes en Al-Ándalus, lo que provocó que algunos promovieran revueltas militares contra los invasores musulmanes o emigraran a los núcleos cristianos. No hay que olvidar que los árabes iniciaron la invasión de la Península el año 711, encontrándose con el pueblo hispano-romano-visigótico, que había alcanzado una organización política y eclesial y un desenvolvimiento cultural y humano notable.

El motivo de que fuera erigido santo hay que encontrarlo justo en Constantinopla, puesto que cuando se encontraba en esta ciudad decidió ir a Tierra Santa, donde fue apresado y encarcelado, falleciendo por profesar su devoción a Cristo. Una llamativa biografía de la que se han hecho eco pocos estudios, si bien existen algunos ensayos de interés, como el publicado en Bruselas en 1902 por F. Fita Colomé bajo el título de ‘San Dúnala, prócer y mártir mozárabe del siglo X’, que ha sido difundido por la Biblioteca Cervantes.

Una memoria basada en cartas enviadas por el propio mártir a los emperadores Constantino VII y Romano entre los años 949 y 959 mientras que encontraba en la cárcel, un ensayo que se encarga de traducir un texto griego del siglo X, publicado por primera vez por P. Hipólito Delehaye S. J., doctísimo Bolandista, es decir, un estudioso eclesiástico dedicado a editar las Actas de los Santos (Acta Sanctorum). Un estudio recogido en el Boletín de la Real Academia de la Historia, que cuenta las peripecias del onubense. No en vano, San Dúnala continúa siendo una figura de importancia para la Iglesia de Constantinopla.

Según esta publicación, Dúnala gobernaba la ciudad de Saltés, perteneciendo a una estirpe caracterizada por su educación y por seguir los dogmas cristianos, contrayendo “matrimonio con una señora de igual nobleza. Pródiga la Fortuna, le colmó de estos bienes”, recoge el texto traducido, con la que tendría descendencia. A pesar de ello, este mozárabe decidió peregrinar a Jerusalén con hábito y profesión de monje, con el pretexto de llegar a Roma y postrarse ante los sepulcros de San Pedro y San Pablo. Aunque intentaron persuadirlo, dejó el gobierno de la isla en manos de su hijo mayor y se marchó a realizar este viaje a Tierra Santa.

Tal y como continúa esta memoria de inicios del siglo XX, en Roma fue recibido por el Papa Agapito, al que ofreció varios regalos para que le atendiera, como fueron tres túnicas ribeteadas y escarchadas de oro y seis anillos de oro macizo con engarce de rubíes. Tras conocer su intención, el Santo Pontífice le cortó la barba y le impuso el sagrado hábito de los monjes, consistente en un sayal de paño muy sencillo. A partir de este momento, Dúnala se despojó de 45 de los 50 sirvientes que le acompañaban en el viaje en barco, a los que mandó regresar a Saltés, quedándose sólo con cinco personas.

El próximo destino en su viaje fue Constantinopla, capital de Bizancio, donde mantuvo un encuentro con los emperadores Constantino y Romano, que dieron una gran acogida a Dúnala, ofreciéndole oro y plata. Sin embargo, el onubense rehusó los regalos, quedándose con sus humildes vestiduras. Su único deseo era llegar a Jerusalén para adorar el Sepulcro de Cristo. Eso sí, una vez en esta ciudad, en la que entró andando de rodillas, recibió numerosos insultos cuando fue visto rasurado.

Su próximo deseo fue viajar hasta el Bajo Egipto para conocer Nazaret, pero cuando se encontraba en la ciudad de Tiberiades, situada al norte de Israel, fue apresado y encarcelado junto a dos sacerdotes que le acompañaban. Fue una reclusión difícil al estar seis meses pasando hambre, sed y otras torturas.

Tras este tiempo tuvo que comparecer ante el emir que le mandó renegar de la fe cristiana. Pero, a pesar de soportar todo tipo escarnios, este mozárabe de Saltés no quiso abjurar de Jesucristo. Todos estos padecimientos, finalmente, le provocaron una grave enfermedad de la que acabaría falleciendo, consumando así en Egipto el martirio que le llevó a formar parte del Santoral de la Iglesia ortodoxa de Constantinopla. Un triste final en el que quizás también influyeron otros intereses políticos y comerciales, dada la misión que le fue conferida a Dúnala, como apuntábamos al inicio del artículo.

En definitiva, San Dúnala o San Esteban fue un hombre que alcanzó una gran fama en el mundo mediterráneo del siglo X por su santidad, a pesar de que su historia quizás sea poco conocida por los onubenses de hoy. Por este motivo, hemos pensado que recordarla era una buena idea ahora que acaba de comenzar el año.

Mari Paz Díaz


Fuente: www.huelvabuenasnoticias.com