viernes, 21 de octubre de 2016

21/10 - Santas Nunilón y Alodia, Vírgenes y Mártires


Las Santas de las que hablaré hoy son conocidas únicamente a nivel español, por haber sufrido martirio durante el período de gobierno islámico en la Península. Eran hermanas, y además de muy corta edad, cuando sufrieron el martirio; Nunilo (Nunilón, Nunila, Nunita) era la mayor y tenía quince años de edad, mientras que la menor, Alodia (Elodia), tenía sólo doce. Por tanto, eran prácticamente niñas cuando tuvieron que enfrentar la prueba más difícil de su vida, que acabó con su muerte.

Está claramente asumido que las hermanas nacieron en la actual zona de Huesca –la tradición las hace oriundas de la localidad de Adahuesca-; aunque una antigua tradición riojana las hace oriundas de allí y también sitúa su martirio en La Rioja. Quien nos permite conocer más prontamente y con mayor fidelidad la vida y martirio de estas hermanas es San Eulogio de Córdoba, quien en el capítulo VII de su Obra habla de ellas basándose en las noticias recibidas por el obispo Venerio de Complutum (la actual Alcalá de Henares, Madrid):

“Supe por el venerable y reverendo obispo Venerio de Complutum que en la ciudad de Huesca, en el castillo de Barbita (la actual Castro Viejo), vivían dos hermanas, llamada Nunilo la una y Alodia la otra, nacidas de padre pagano y madre cristiana. Muerto el padre, la madre contrajo segundas nupcias con otro gentil y las hijas se vieron en la imposibilidad de observar la fe cristiana por la obstinación invencible de su mahometano padrastro.”

Lo que Eulogio describe es la ley islámica del momento. Nos encontramos en torno al año 851, y desde los años 824-826 la zona de la Barbotania y Huesca estaba regida por el clan de los Banu Qasi, emparentados con los Íñiguez -quienes eran de estirpe vascona- y aliados de los reyes de Pamplona; pero ante todo, islamizados tras la llegada de los musulmanes a la Península y fieles seguidores de la legislación judicial de Córdoba. Así, entretanto desarrollaban una política tolerante con los mozárabes –cristianos en territorio musulmán- por su ascendencia cristiana, también hacían cumplir la ley islámica y la falta e incumplimiento de las mismas era duramente sancionada.

Dicha ley establecía que la educación religiosa que debían recibir los hijos de una familia debía corresponder a la fe del padre. Así se aseguraban la transmisión y fortalecimiento del Islam. Ya el padre de las hermanas había sido musulmán, pero la cristiana madre, incumpliendo la ley, las había educado cristianamente. Para más inri, en aquel mismo año 851 Abd-al-Rahman II endurece todavía más la ley, decretando que todo cristiano hijo de musulmanes debía convertirse al Islam bajo pena de muerte.

Por lo que cuando la madre enviuda y contrae segundas nupcias con otro musulmán, ello trae problemas a las dos niñas, que se niegan a ocultar su fe o a abandonarla.

Para seguir relatando la vida de estas dos hermanas no sólo me ceñiré al texto de Eulogio, cuya autenticidad y fiabilidad nadie pone en duda, sino también a un texto contemporáneo del martirio de las Santas (año 851), la Passio beatissimarum birginum (sic) Nunilonis atque Alodie, crónica latina escrita en Aragón, porque ofrece mayores detalles en extensión.

Así, a la muerte de la madre, las dos hermanas fueron confiadas a la custodia de su tío, que también era musulmán. Éste, viendo que ellas practicaban la religión cristiana, se apresuró a denunciarlas ante las autoridades, más que por cumplir la ley islámica, por la esperanza de heredar las posesiones de las niñas y por la recompensa que era ofrecida a los delatores. Nunilo y Alodía fueron detenidas y encerradas en la prisión del castillo de Alquézar, donde aún se conserva un bajorrelieve que atestigua este encarcelamiento.

El máximo poder de la región, el juez Jalaf Ibn Rashid, se encargó del proceso de las dos hermanas, y pronto se dio cuenta de las malas intenciones del tío y la indefensión absoluta de las mismas, por lo que decidió que a partir de ese momento debían ser custodiadas por otras personas y apartadas de su tío. Así, ellas fueron entregadas a dos mujeres musulmanas a las que se encargó convertirlas a la fe del Islam, para corregir lo que se había hecho en contra de la ley islámica desde el nacimiento de ambas.

Sin embargo, ello fue inútil: las dos hermanas, pese a su corta edad, tenían la fe cristiana sólidamente arraigada en sus personas y no estaban dispuestas a abandonarla por muchas ventajas que les ofrecieron o amenazas que profirieron contra ellas. Y así, el susodicho tío, que seguía sin darse por vencido, decidió recurrir a Zimael, prepósito y vicario de Huesca, a quien trasladó la denuncia que antes formulara ante Ibn Rashid.

Es sorprendente el valor y fuerza de ánimo de las dos niñas que, presintiendo que el momento del martirio se acercaba, fueron caminando hasta Huesca descalzas para ir acostumbrando a su cuerpo al sufrimiento. Al llegar, tenían los pies destrozados y ensangrentados.

Esto no debió impresionar mucho a Zimael, quien las interrogó y reprendió con severidad, instándolas a abrazar el Islam. Ellas se negaron rotundamente y entonces, convencido de que todo ese ímpetu y valentía provenía del apoyo que se daban una a la otra, las hizo separar y, yendo aparte con cada una, reemprendió las promesas y las amenazas. Pasaron por los calabozos del palacio, siendo encerradas con prostitutas y bandidos para acobardarlas; y cuando volvía a tratar con ellas, siempre separadas una de la otra, les mentía diciendo que la otra ya había apostatado y que sólo faltaba que lo hiciese la hermana interrogada en cuestión. Ni Nunilo ni Alodía creyeron esta estratagema y así, durante los 40 días que duró su encierro, se mantuvieron firmes en su fe.

Al fin, Zimael, cansado de la perseverancia de las dos hermanas, dictó sentencia de muerte contra ellas. Fueron trasladadas a la plaza de Zuda para diversión de la gran multitud, y allí decapitadas. Se nos dice con mucho detalle que Nunilo fue la primera en morir y, al caer su cuerpo al suelo, se le levantó la falda y quedaron sus tobillos descubiertos, lo cual en esa época era una gran afrenta a la intimidad de una mujer. Así que Alodia, ruborizándose, corrió hacia el cadáver de su hermana, le bajó las faldas para cubrirle los pies y, a continuación, ella misma se ató el borde del vestido a sus tobillos con una cinta de su pelo para que no le ocurriese lo mismo, y fue decapitada también. Esto sucedió el 21 de octubre de 851, según narra Eulogio.

Los cuerpos de las mártires fueron arrojados a la intemperie para que fuesen devorados por las bestias salvajes, pero ningún animal se acercó a ellas, y hasta dice la tradición que de noche unas luces misteriosas brillaban sobre los restos –algo muy frecuente en las actas de los mártires-. Viendo esto, y teniendo noticias de que algunos cristianos pretendían recuperarlos, Zimael dio orden de arrojarlos a una sima para que no pudiesen ser venerados. No se recuperaron hasta el año 880, y fueron llevados al monasterio de San Salvador de Leyre, en Yesa (Navarra); donde aún permanecen. Este monasterio fue clausurado durante la desamortización de Mendizábal (1836-37), por lo que algunas reliquias fueron trasladadas a Sangüesa. La iglesia parroquial de Aldahuesca, presunta localidad natal de las Santas, también tenía reliquias de ambas, pero fueron destruidas durante la Guerra Civil (1936-39). Se han documentado reliquias de las Santas también en la catedral de Huesca, en Pueyo de Cimat y en otros lugares de veneración.

Los Martirologios Romano y de Usuardo las recuerda el día 22 de octubre. Sin embargo, recordemos que San Eulogio las ubica el día 21 de octubre, y esta fehca la mantienen los calendarios hispano-mozárabes. En La Rioja, como se las considera oriundas de allá, son celebradas localmente el 27 de octubre.

La noticia de la heroicidad de estas dos niñas se divulgó pronto por la Península. Ya sabemos que al llegar a oídos del obispo complutense Venerio, éste lo relató a Eulogio, quien lo puso por escrito para edificación de la cristiandad andalusí. A Navarra llegó a través de las rutas comerciales, y especialmente la reina Oñeca quedó muy impresionada por la historia de las hermanas, por lo que sería ella quien haría traer sus reliquias desde su lugar de sepultura.

Actualmente las Santas son muy veneradas en la diócesis oscense, pero también en la zona de Granada; y, debido a las migraciones andaluzas de los ss.XIX-XX, el culto se ha difundido de manera especial en Cataluña (Cornellà del Llobregat) y Valencia (Benimaclet).

En resumen: Santas históricas, cuyo martirio está bien documentado por el valiosísimo testimonio de Eulogio y contrastado con otras fuentes y noticias de la época. Fueron víctimas de la legislación poco tolerante de las autoridades musulmanas en una época en que el contexto no era la habitual persecución religiosa –la passio oscense pone de relieve el esfuerzo de los jueces por salvarlas- sino el estricto cumplimiento de la ley islámica; y cuya heroicidad y valentía a tan corta edad es absolutamente impresionante.

Meldelen