sábado, 13 de agosto de 2016

Viaje al Monte Athos


¿Se imaginan un lugar en la vieja Europa sin carreteras, hoteles, radio o televisión… donde la presencia de la mujer está prohibida? Ese lugar existe en el norte de Grecia, sueño vacacional para muchos y centro de oración y búsqueda de Dios para otros, los 1.600 monjes que viven en el Monte Athos, la «Montaña Sagrada» que preside el águila bicéfala de Bizancio.

Inicié mi viaje a «Ágion Oros» (Monte Athos) llamado por la curiosidad y el objetivo de descubrir las claves de esta hermética península griega «reñida con el progreso» y heredera del Imperio Bizantino que fue abatido tras la toma de Constantinopla por los turcos en 1453. Una parte de ese imperio sobrevive milagrosamente, más de diez siglos después de su Levantamiento, en este rincón del Mar Egeo: La pata más oriental de las tres que dibujan la península calcídica. Allí se erige hoy la última república monástica autónoma del mundo con sus 20 monasterios ortodoxos y la única presencia femenina de la Virgen María, la «Señora» en este llamado «jardín de Athos».

No es nada fácil penetrar físicamente en esta península de escarpadas gargantas y verdes valles donde crecen olivos, vides, nogales y madroños en estado salvaje. Se necesita una autorización para viajar a este Monte Santo que se llama «diamonitiron» y solo se obtiene una vez que las autoridades religiosas de Tesalonica y las políticas del Gobierno de Macedonia dan el visto bueno.

Con el documento firmado en el bolsillo soy oficialmente uno de los diez peregrinos no ortodoxos que pueden acceder diariamente y recorrer esta república religiosa durante cuatro jornadas. El procedimiento habitual para llegar a Athos es en barco. La panorámica impacta pues estas auténticas fortalezas que surgieron en los primeros siglos del Imperio Romano de Oriente eran inexpugnables con sus altas torres y así pudieron guardar en su interior no solo la fe religiosa intacta sino un impresionante ramillete de tesoros suntuosos (libros, íconos, frescos, lámparas, joyas…) donados por reyes y emperadores. Fuera de estos recintos la riqueza dio paso a otro tipo de vida de retiro, protagonizada por eremitas y ascetas que todavía hoy continúan vagando por los caminos más aislados de la península.

Mi traslado al monasterio de San Pablo («Aghious Pavlou»), fundado a mediados del siglo X, se realiza en una pequeña barca con capacidad para una decena de personas. Me acompaña Jakobos Aguiografos, mi «hermano mayor» –así lo define Mara, responsable turístico de la región- y guía en «Ágion Oros». Veneciano de nacimiento, llegó hace dos décadas a las faldas del monte de 2.033 metros después de un corto periplo por el Peloponeso y Santorini. No tomó los hábitos, aunque durante seis meses hizo el noviciado, y ahora produce el «vino santo» de Athos gracias a las 70 hectáreas que trabaja en terrenos próximos al monasterio de San Pablo. «Cuando llegué a Athos -comenta este hombre bonachón que hace tiempo que ha superado los 50- no entendía nada de este mundo, sólo habían pasado cinco minutos y ya estaba preguntando la hora del regreso de mi barco. Entré en el Katholikon (la iglesia principal de cada monasterio) y como no era ortodoxo un monje me invitó a salir del templo. Quería marcharme a toda costa, pero me quedé…».

Mil años sin mujeres

Jakobos se siente ahora uno más, un hombre querido en toda la comunidad de monjes. Aunque vive en Ouranopolis, «la última localidad griega», siempre es bien recibido en cualquiera de los monasterios. Califica la vida de los monjes de «muy dura» y sobre la permanente prohibición femenina en la república, denunciada por la Comisión Europea y las propias mujeres, contesta con rotundidad: «Durante mil años sólo ha habido hombres aquí y debe seguir siendo así. Sólo queremos a la Madonna que veneramos profundamente. ¿Alguien se ha preocupado si en los monasterios del Dalai Lama había mujeres o no?».

Nuestra llegada a San Pablo se produce antes de la puesta del sol. En ese momento –todo en Athos se rige por las estrictas reglas bizantinas hoy vigentes- comienzan a contarse las horas del nuevo día que al estar regido por el calendario juliano tiene un desfase permanente de 13 fechas. Las puertas quedan entonces cerradas herméticamente hasta el amanecer y a continuación los peregrinos se preparan para conocer sus aposentos. En San Pablo comparto una gran alcoba, austera a pesar de su balcón comunal con vistas el Egeo, junto a otros tres viajeros. Hay calefacción, ducha, cuatro toallas individuales y luz eléctrica, aunque no siempre las comodidades son esas. Mientras tanto, los monjes, esos hombres de larga barba y negras túnicas, comienzan sus oficios religiosos dentro del Katholikon. El principal servicio es la Santa Liturgia que puedo seguir desde un banco de la entrada. Se puede estar sentado o de pie pero nadie debe cruzar sus piernas ni mostrar una postura incorrecta.

La atmósfera es lúgubre pero mágica. Sólo la tímida luz de cirios y velas deja ver los pálidos rostros de los monjes que participan cantando con energía himnos a la Madonna («Kyrie Eleison») o besando los íconos de la Virgen, siempre con rostro dulce, o de San Juan Evangelista que presiden la entrada del Katholikon. Al fondo un Cristo Pantocrátor es testigo de esta «fiesta del hombre que busca su unión con Dios». En la semioscuridad de las tres naves se palpa la intensidad de la oración. Es un escenario casi teatral donde los iconos, las lámparas de aceite, los cirios, las cruces que suben y bajan en el templo y el intenso olor a incienso toman también un protagonismo especial entre un ir y venir incesante de los monjes. Uno se siente trasladado a otro lugar fuera del tiempo.

Tras la liturgia llega la hora del descanso nocturno –para los invitados, claro- pero un nuevo oficio espera al grupo a las siete de la mañana tras la cual se asiste a la comunión entre lo celeste y lo terrestre. Estamos ante la comida principal del día fijada a las diez y media de la mañana, aquí no existe el desayuno como tal. Peregrinos primero y monjes entran en el refectorio, buscan su ubicación sin mezclarse y todos en silencio comen mientras un monje lee un texto espiritual desde el púlpito. Patatas cocidas, aceitunas, queso, uvas, alguna legumbre, agua y un vaso de vino forman el menú de los monjes. Solo en casos excepcionales se degusta pescado y algún postre festivo. La carne casi nunca se consume. El calendario culinario de los monjes tampoco ofrece dudas: lunes, miércoles y viernes (una comida) y martes, jueves, sábado y domingo (dos). Aún así cumplen con la norma de dar de comer al hambriento y reparten al año más de 25.000 almuerzos.

Después de la comida, abandono Athos, un mundo realmente diferente donde reinan el misticismo y la oración. Cuando hablas con los monjes siempre insisten en la misma idea. No quieren que su Montaña Sagrada sea vista como «un museo vivo en un rincón perdido de la Tierra», sino un lugar para el fiel y la contemplación divina, libre de las influencias del mundo exterior.

Requisitos de la entrada

Se prohíbe la visita al Monte Athos a toda persona de religión no cristiana. Sólo pueden pasar la noche los que pueden dar una prueba de su interés científico, artístico o religioso. Su número diariamente no puede superar las diez personas. Los visitantes pueden permanecer cuatro días (tres noches). Solicitudes: Oficina de Peregrinos al Monte Athos (Grafeio Proskyniton Agiou Orous). Calle Egnatia, 109 – Tesalónica. Tel: (0030) 2310 252 578, fax (0030) 2310 222 424, mandando fotocopia del pasaporte o del D.N.I.

Javier Carrión


Fuente: ABC