sábado, 5 de noviembre de 2016

VII Domingo de Lucas. Evangelio de la Divina Liturgia


Lc 8,41-56: En aquel tiempo, he aquí que llegó un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y cayendo a los pies de Jesús, le suplicaba entrara en su casa, porque tenía una sola hija, de unos doce años, que estaba muriéndose. Mientras iba, las gentes le ahogaban. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que no había podido ser curada por nadie, se acercó por detrás y tocó la orla de su manto, y al punto se le paró el flujo de sangre. Jesús dijo: «¿Quién me ha tocado?» Como todos negasen, dijo Pedro: «Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.» Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí.» Viéndose descubierta la mujer, se acercó temblorosa, y postrándose ante él, contó delante de todo el pueblo por qué razón le había tocado, y cómo al punto había sido curada. El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz.» Estaba todavía hablando, cuando uno de casa del jefe de la sinagoga llega diciendo: «Tu hija está muerta. No molestes ya al Maestro.» Jesús, que lo oyó, le dijo: «No temas; solamente ten fe y se salvará.» Al llegar a la casa, no permitió entrar con él más que a Pedro, Juan y Santiago, al padre y a la madre de la niña. Todos la lloraban y se lamentaban, pero él dijo: «No lloréis, no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él, pues sabían que estaba muerta. El, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate.» Retornó el espíritu a ella, y al punto se levantó; y él mandó que le dieran a ella de comer. Sus padres quedaron estupefactos, y él les ordenó que a nadie dijeran lo que había pasado.