viernes, 9 de diciembre de 2016

09/12 - Santa Leocadia, Virgen y Confesora


Según la tradición, Leocadia nació en Toletum (actual Toledo, España) en torno al siglo IV de nuestra era, y era hija de padre griego y madre hispana. Siendo joven, decidió consagrar su virginidad a Dios, y a partir de ese momento sólo llevó vestiduras negras como símbolo de austeridad y rechazo a los placeres del mundo.

Al parecer, era bien conocida por su fervor y piedad en la ciudad, porque a la llegada del pretor Daciano, quien supuestamente había sido enviado a la Península por el emperador Diocleciano para hacer cumplir el edicto de sacrificio a los dioses, fue inmediatamente delatada. Llevada ante el pretorio, se le exigió que ofreciera sacrificio a los dioses tal y como ordenaba el edicto, a lo cual se negó. Por eso, fue desnudada y azotada con 'plumbea' (látigos reforzados en los extremos con bolas de plomo) hasta que aceptase sacrificar, y, como tal cosa no ocurrió, fue arrojada al calabozo.

Parece que, después de ello, Daciano perdió interés en ella, porque partió a Mérida, dejándola allí sin dar nuevas órdenes al respecto. En la prisión, se mortificó con penitencia y trazó una cruz en la pared para orar ante ella y besarla. Algunas versiones dicen que tocó con los dedos la piedra y ésta se hundió milagrosamente bajo éstos; otras, que lo hizo rascando la pared con sus cadenas, y otras, que la dibujó usando la sangre que le manaba de las heridas como tinta.

Falleció en aquella celda a consecuencia de sus heridas, poco después de saber que una niña de Mérida, Eulalia, había sido también torturada y ejecutada (nótese que, mientras la fiesta de Santa Leocadia es el 9 de diciembre, la de Santa Eulalia de Mérida es el 10, lo que supondría que Leocadia no sobrevivió más de un día a las lesiones producidas por la tortura). Su cuerpo fue arrojado a un vertedero para que las alimañas dieran cuenta de él, pero fue enseguida rescatado por la comunidad cristiana de Toledo, que lo llevó a enterrar.

Uno de los eventos más destacables fue el prodigio conocido como “El Milagro de Santa Leocadia”, que ocurrió en tiempos de San Ildefonso. Se dice que los reyes habían solicitado un trozo del velo de la Santa para venerarlo como reliquia, y para allá se fueron con gran pompa, en la catedral de Toledo, para conseguir lo solicitado. Mandó Ildefonso abrir la tumba y, cuando se inclinaba para tocar el cuerpo de la mártir, este de repente se animó, y ante la vista de él, de los reyes y del resto de los presentes, Leocadia abrió los ojos, se levantó y entregó ella misma el trozo de velo al arzobispo, para luego volver a yacer exánime en su sepulcro.

Y finalmente, por lo que respecta a las reliquias, he de decir que éstas se guardan en algunos relicarios muy ricos en la catedral de Toledo. El que contiene la mayor parte del cuerpo de la mártir está en la catedral y algunos huesos están en relicarios menores en el tesoro de la misma.

Meldelen