domingo, 24 de septiembre de 2017

24/09 - San Silvano (Siluan) del Monte Atos


San Siluan se llamaba Simeón Antonov. Nació en el año 1866 en una aldea en Rusia. Llegó al Monte Athos en 1892, fue tonsurado monje en 1896 con lo que se le cambió el nombre a “Siluan o Silvano” y tomó la “Sjima” en el año 1911 (en la Iglesia Ortodoxa el monje recibe una nueva prenda llamada “sjima” con la cual sus votos de vida son mucho más severos). Cumplía su obediencia en el molino del monasterio del Viejo Rusik, y estaba a cargo de la economía. Falleció el 24 de septiembre de 1938, hace 70 años.


Simeón en su juventud trabajó como carpintero en una estancia en donde rezaba mientras trabajaba. Sintió el deseo de ser monje y entregar su vida a Cristo. Le pidió a su padre permiso para ingresar en el Monasterio de Lavra en Kiev, pero este se lo negó. Simeón cayó en el desanimo y siguió su vida como cualquier otro joven.


Su familia era grande: vivía con sus padres, 5 hermanos y 2 hermanas. Los hermanos mayores trabajaban con el padre. Siluan rápidamente ingresó en el bullicio de la vida y comenzó a desaparecer de su alma el primer llamado de Dios a la vida monacal. Pero Dios lo llamó de nuevo por medio de una visión. Una vez, después de pasar un tiempo indecentemente, se durmió y vio cómo una serpiente penetraba por la boca su interior. Sintió un fuerte asco, se despertó y al mismo tiempo escuchó las palabras: “Tú te tragaste en el sueño la serpiente y te dio asco; así a Mí no Me gusta ver lo que estás haciendo.” Simeón no vio a nadie, solo oyó la voz, que por su hermosura era totalmente singular. Según la indudable convicción de San Siluan en los años de su madurez esta fue la voz de la Madre de Dios. Hasta el fin de sus días, le dio gracias por haberlo visitado personalmente para salvarlo de la caída.

Este segundo llamado, ocurrido poco antes del servicio militar, decidió la elección de su futuro camino. Un cambio radical sucedió en su vida. Simeón sintió una profunda vergüenza por su pasado y empezó a arrepentirse ante Dios. La decisión de entrar en un monasterio, después del servicio militar, se duplicó. Y empezó a cambiar su pensamiento y su conducta.

Simeón, como lo había decidido su padre, ingresó al servicio militar en la Guardia Imperial. Llegó allí con mucha fe y arrepentimiento y no dejaba de pensar en Dios. En el ejército lo querían mucho como a un soldado cumplidor, tranquilo, de buena conducta, y los compañeros como a un fiel y agradable amigo.

Poco tiempo antes de terminar su servicio militar en la Guardia, Simeón con otro amigo fueron a ver al padre Juan de Kronstadt, para pedirle su bendición y rezos. Como no lo encontraron, le dejaron escritas sus cartas. El amigo de Siluan dejó una carta larga, escrita con hermosa letra. Pero Siluan escribió pocas palabras: “Padre, quiero hacerme monje, rece para que el mundo no me retenga.” Regresaron a San Petersburgo, al cuartel. Y al otro día, según las palabras de San Siluan, sintió, que a su alrededor “lo cubría una llama de fuego.” Regresó a su casa y permaneció ahí solo una semana. Rápidamente juntó algunos regalos para el monasterio, se despidió de todos y viajó a Athos. Pero, desde el día en que el padre Juan de Kronstadt empezó a rezar por él, “la llama de fuego” resonaba alrededor suyo sin parar, en todo lugar al que iba.

San Siluan empezó su nueva vida de sacrificios y vigilias. Fue introducido, para su desarrollo espiritual, en la vida del monasterio, con el continuo recuerdo de Dios, la oración en la celda solo, largos oficios en el templo, los ayunos y vigilias, frecuentes confesiones, lecturas, trabajos y obediencia. Pronto aprendió “la oración a Jesús” con el rosario. Pasó poco tiempo, cerca de tres semanas y una vez al atardecer, durante la oración delante del icono de la Virgen, la oración entró en su corazón y empezó a realizarse ahí de día y de noche, pero todavía no comprendía la grandeza del don recibido de la Madre de Dios.

El hermano Simeón era paciente, bondadoso, obediente: en el monasterio lo amaban, lo elogiaban por los trabajos bien hechos y por su buen carácter. Pero comenzó a pensar: “vivo sin pecar, me arrepentí, estoy perdonado, rezo continuamente y cumplo bien mis obligaciones.” Debido a su inexperiencia, no comprendía qué estaba sucediendo. Una noche su celda se llenó con una luz extraña, el demonio le decía: “ahora eres un santo”. Las insinuaciones demoníacas de llevarlo al “cielo” se repetían a diario. Y él rezaba a Dios con un fervor excesivo pero comprendía que el demonio quería convencerlo de que ya lo había conseguido todo.

Pasaban meses, pero las agresiones demoníacas se hacían cada vez más fuertes. Las fuerzas espirituales del novicio empezaron a ceder y su ánimo decaía. Ya no soportaba más. Estando sentado en su celda, al atardecer, pensó: “No se puede implorar a Dios.” Con este pensamiento él sintió completo abandono y su alma se hundió en la oscuridad y la tristeza.

En el mismo día, durante el servicio vespertino, en la iglesia del Santo Profeta Elías, a la derecha de la puerta central del Iconostasio, vio a Cristo vivo y todo su ser se llenó con el fuego de Gracia del Espíritu Santo. Fue el momento en que nacía por segunda vez. Más adelante, en sus escritos, repite constantemente que conoció a Dios y lo vio por intermedio del Espíritu Santo.

El joven monje Siluan gradualmente aprende los más perfectos hechos ascéticos, los cuales parecen imposibles a la mayoría. Su sueño sigue entrecortado (varias veces duerme solo 15 minutos). No se acuesta, duerme sentado en un banco. De día trabaja como un obrero, se dedica a la obediencia, renunciando a su propia voluntad. Aprende a guiarse por la voluntad Divina, se abstiene en la comida, se aleja de las conversaciones. Durante largas horas reza la oración de Jesús. Y a pesar de todos sus esfuerzos, frecuentemente la luz de la gracia lo abandona y los demonios lo rodean de noche.

Pasaron 15 años desde el día de la aparición de Cristo. Una vez, cuando luchaba con los demonios, cuando a pesar de todos los esfuerzos no podía rezar con pureza, Siluan se sienta e inclinando la cabeza con el corazón dolorido dice la oración: “Señor, Tu ves, que yo trato de rezar con la mente pura, pero los demonios me lo impiden. Enséñame, ¿que debo hacer para que ellos no me molesten?” Y recibió la respuesta en su alma: “los orgullosos siempre sufren así a los demonios”. “Señor, dice Siluan, “¿enséñame, que debo hacer para que mi alma sea humilde?”.

Desde entonces le es abierta el alma, que la raíz de todos los pecados, la semilla de la muerte es el orgullo, y que Dios es humildad. Por eso, el que quiere llegar a Dios debe tener humildad. Comprendió, que aquella enorme humildad de Cristo es parte del amor Divino. Ahora comprende con claridad que todo el esfuerzo debe ser dirigido a tener humildad.

“El hermano nuestro es nuestra vida” decía San Siluan. A través del amor Divino toda persona se percibe como una parte inseparable de nuestra existencia eterna. El mandamiento de “amar al prójimo como a sí mismo” empieza a comprenderlo no solamente como una norma ética, sino como su misma existencia.

Hasta el fin de su vida, a pesar de su debilidad y enfermedades, conservó la costumbre de dormir a ratos. Le quedaba mucho tiempo para la oración solitaria y siempre rezaba, cambiando según las circunstancias, la forma de oración. Pero su oración se hacia mas fuerte sobre todo en las horas de la noche, antes de los matutinos. Rezaba por los vivos y los muertos, por los amigos y enemigos y por todo el mundo.


Fuente: J.C.M.